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Diario de Viaje

Day 11 – Searching manatees, visiting Greytown and the Blue Lagoon

Mapa

Nos despertamos temprano para iniciar nuestro viaje hacia la laguna de los manatís a las 5:30 de la mañana. Nos despedimos de la familia Rama que nos había albergado y luego partimos.

En el camino nos sorprendió una lluvia que a veces era fuerte y a veces era débil. Acabamos empapados. Luego, tras recorrer varias vueltas del río, salimos del alcance de la nube que nos mojaba, pero aún podíamos escuchar su descarga de agua en la selva, cerca de nosotros.

Eran casi las 8 de la mañana cuando Paul preguntó en qué día estábamos. “¡Es mi cumpleaños!”, gritó. Era tanta la aventura que hasta a él mismo se le había olvidado que ese día era su cumpleaños. Lo felicitamos y quedamos en que iríamos por unas cervecitas en la noche, cuando estuviéramos en el pueblo.

Continuamos por casi una hora por el río Indio, y luego ingresamos a un caño (un río pequeño). Por ser más angosto, los árboles caídos a veces fueron un problema. Hilario y Enrique de vez en cuando tuvieron que abrirnos paso con sus machetes, cortando troncos bastante grandes. Tras una media hora superando troncos, llegamos a la laguna de los manatís, que es bastante pequeña y redonda, como de unos 100 metros de diámetro.

Entramos a la laguna y vimos un burbujeo que se alejaba de nosotros. Lo seguimos, y luego observábamos otro burbujeo y rastros de tierra removida en el. Ahí estaban los manatis, pero se escondían de nosotros y no lográbamos verlos. Al fin nos detuvimos en un solo sitio. Con la cámara para hacer fotos sumergidas, Paul y yo entramos al agua. Era bastante agradable, pero como no soy experto nadador decidí subir al bote. El catalán y el holandés que nos acompañaban también entraron con Paul. Creo que al final no tuvimos un buen método para lograr ver los a manatís. El motor de la panga hacía mucho ruido cuando nos desplazábamos, y siempre estábamos conversando y riendo. No tuvimos éxito con los manatis. Lastima, hubiese sido un excelente regalo para Paul el tomarse una foto abrazado de un manatí.

Nuevamente en el bote, tomamos otra vez el caño y nos dirigimos al río Indio. Viajábamos bastante despacio y nos dio oportunidad de ver peces (supongo que la luz del día cercana al medio día ayudaba bastante en la visualización). Lo más curioso fue ver a una pareja de peces de colores (parecían guapotes de color morado y azul) que se daban un prolongado beso. No supimos cual era el objetivo de eso (quizá era un método reproductivo), pero los peces nadaban lentamente unidos por la boca.

Finalmente salimos al río Indio. Antes de llegar a San Juan del Norte nos detuvimos en la rivera oriental del río, y caminamos los 10 metros que lo separan de la Laguna Azul. La laguna es también bastante pequeña y poco profunda. Allí encontramos a unos niños sanjuaneños acompañados por dos adultos, que jugaban en una enorme boya a la que ataron unas llantas de automóvil, y que sirve de entretenimiento.

Desde donde estábamos se observaba el muelle de San Juan del Norte. Subimos a la panga y nos tomó 5 minutos llegar al pueblo. Nos cambiamos la ropa empapada por la lluvia, almorzamos, y una media hora después salimos en la panga, ahora sólo nosotros dos junto a Enrique y Manuel, hacia San Juan del Norte viejo, o Greytown. En el trayecto (que no duró más de 20 minutos) pudimos observar la enorme maquina oxidada que había sido colocada en la laguna de San Juan del Norte (una laguna en la que confluyen varios ríos y se conecta con el mar por el río San Juan), para realizar el dragado y construcción del canal interoceánico en el siglo XIX. Los problemas políticos de la fecha impidieron la construcción del canal en Nicaragua, pero la enorme draga quedó ahí como un tesoro de la historia.

Continuamos el curso de la laguna hasta llegar a donde alguna vez estuvo el viejo e histórico San Juan del Norte. Un pequeño muelle de madera da la bienvenida. Luego, un sendero ancho permite pasar a través de la selva. Ya no hay nada en donde estuvo ese pueblo, solamente selva. El sendero recorre unos 20 metros y sale a donde actualmente está una pista de aterrizaje aéreo privada, que se encuentra justo al lado de los antiguos cementerios.

Esos cementerios son el único recuerdo de lo que fue esa ciudad. Hay un cementerio inglés, uno de la tripulación de un barco de guerra estadounidense, un cementerio católico y un cementerio masón. El lugar está bastante abandonado, pero las pesadas lápidas y las metálicas barreras aún sobreviven al paso del tiempo. Las lápidas tienen inscripciones en inglés y otras en español. Las fechas datan desde las primeras décadas de los 1800. Aquí hay enterrada gente (según revelan las lápidas) de Inglaterra, Estados Unidos, China, Nicaragua, Bulgaria e incluso hay un cónsul del antiguo imperio Germánico. Para quienes gusten de la historia, el lugar es fascinante.

Partimos del asentamiento de San Juan del Norte viejo y nuestros guías nos llevaron al sitio donde desemboca el río San Juan en el mar Caribe. Ese lugar también es fascinante. Se puede ver las dulces y tranquilas aguas de río toparse con el violento y salado mar (en este punto del caribe el mar es agitado).

Al acercarse el anochecer, regresamos al actual San Juan del Norte. En la noche fuimos a visitar a Hilario para despedirnos. Hilario habitaba en la zona Rama del pueblo. Su casa es tan rústica como la que conocimos en la selva. No tiene luz eléctrica, y duermen en hamacas. Hilario nos mostró unas piezas de artesanía Rama, que eran una canasta hecha de bejucos y una canoa de madera en miniatura. Le agradecimos por todo su aporte y amabilidad, y lo dejamos en su tranquila y humilde casa.

En el hotel tomamos una ducha, luego fuimos a cenar, y más noche (a como habíamos acordado) fuimos por unas cervecitas con los dos holandeses y el catalán que nos acompañaron en la expedición. Volvimos temprano al hotel para poder empacar antes de que se fuera la luz eléctrica, pues al día siguiente tomábamos la panga de vuelta de las cinco de la mañana (las pangas con dirección a San Carlos salen de San Juan del Norte los jueves y domingos).

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