ViaNica.com - Explore Nicaragua en línea

Diario de Viaje

Day 9 – Traveling to the jungle

Mapa

Esa mañana finalizamos los preparativos para los tres días expedición en la reserva Indio-Maíz. Asistimos a una reunión de la municipalidad y los pequeños empresarios relacionados al turismo (dueños de hospedajes, pequeños hoteles, comiderías y restaurantes), y conocimos el gran entusiasmo que siente esta gente por un próximo levante económico basado en el turismo. Y tienen razón para ese entusiasmo. Con las bellos destinos que hay en la zona el futuro es prometedor.

Nos hicimos de algo de comidas frías. Luego, quedamos a una hora específica para encontrarnos con Manuel, coordinador de turismo de la municipalidad, quien sería el conductor de la panga; don Enrique, el dueño del hotelito Evo y gran entusiasta, quien nos acompañaría; y finalmente Hilario, mejor conocido como Coyote, líder de los indígenas Rama asentados en la Reserva y en el pueblo, quien sería nuestro guía. También nos acompañaban tres turistas, una pareja de holandeses (Tim y Vera) y un catalán (Fernando), quienes ofrecieron pagar sus gastos y aportar para el combustible.

Salimos poco después de las tres de la tarde. El río Indio es menos ancho que el San Juan, pero la naturaleza en sus veredas es también impresionante. Luego de una hora de trayecto, mostramos el permiso a al puesto del Ministerio del Ambiente y Recursos Naturales (MARENA), que resguarda junto con el ejercito la entrada y salida a la reserva.

Pocos kilómetros después el río hace un giro al Oeste, internándose en la selva. Aquí el ancho era menor, y nos encontrábamos siempre con troncos de árboles, grandes y pequeños, derrumbados por la erosión causada por el arrastre de la corriente en las orillas del río. Hilario (el Rama) iba en la punta de la panga, dirigiendo con movimientos pausados de sus manos los giros que se debía hacer para evitar los troncos. En el río observamos muchos animales. Vimos bastantes martín pescador, algunas garzas, tortugas y loros, entre otros.

Hilario es un hombre alto, de rasgos indígenas puros. Es de poco hablar y casi siempre tiene una sonrisa tenue en la cara. En sus ojos y palabras se percibe una conciencia profunda y una enorme responsabilidad tribal. Es realmente humilde y generoso. Habla el dialecto Rama, el inglés criollo y el español, el cual se le escucha con un acento peculiar.

Casi caía la noche cuando llegamos a nuestra base, luego de poco más de dos horas de viaje. Era una humilde casa Rama, habitada por una sobrina de Hilario y su familia. Estábamos en el cerro Maquengue, donde varias familias Rama habitan en total armonía con la naturaleza. Los Rama, como tribu, tienen derecho a vivir en la reserva natural, pues este es territorio indígena según decretan las leyes del país. Sine embargo, recientemente enfrentan algunos problemas con las autoridades, debido, aparentemente, a que alguna gente se hace pasar por Rama para entrar a la reserva, en donde hacen fincas destruyendo la naturaleza. Y bien, al final pagan justos por pecadores. Al menos nosotros observamos que nuestros anfitriones no eran gente escrupulosa ni ambiciosa; son gente que sabe vivir en la naturaleza plena, obteniendo de ella sólo los recursos necesarios para subsistir.

La casa era una choza de madera con techo de hojas de palma, con la tierra misma como piso. Estaba ubicada muy cerca de la ribera del río. Tenían una esquina dedicada a su cocina rudimental de madera (construida con piedras y arena). También en la choza había una pequeña mesa y un banco de madera, un cuarto separado por una pared de madera y luego columnas que sostenían el techo, que servirían como soporte para las hamacas. Nos instalamos, colgamos nuestras respectivas hamacas, y luego comimos una cena de gallopinto, yuca y un poco de deliciosa carne de “tepezcuintle”, también conocido como guardatinaja (un roedor enorme que habita en la selva), que nos obsequió la familia residente (la sobrina de Hilario preparó toda la cena).

Nos dispusimos a dormir para salir temprano en la mañana a la selva, rumbo a una montaña próxima llamada Cantagallo, en donde, según nos comentaron nuestros acompañantes, se encuentran unas extrañas formaciones de piedras. A pesar de que estábamos en la selva, no había ni un solo zancudo, y tampoco hacía frío.

Navigation